Taller de Literatura
Clausura del curso 2008/09
28 de mayo
Llotja del Cànem
Castellón
Título de la actividad : Castellón, ciudad literaria
Taller de Literatura
Clausura del curso 2008/09
28 de mayo
Llotja del Cànem
Castellón
Título de la actividad : Castellón, ciudad literaria


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Alegorías.
Tras la jubilación, Matías, Antonia y su hermano Juan, consagraban el tiempo que no dormían en ver la televisión sentados en el sofá. Un verano, su sobrina les pagó un viaje a Benidorm, con la sana intención de que escaparan por unos días de su reclusión voluntaria. Para ellos fue un verdadero suplicio. Juan padeció una insolación, a María le atracaron al salir del supermercado y para colmo a su regreso perdieron el autobús en el área de servicio de Albacete, acabando el viaje en taxi.
Ahora se limitaban a ver la televisión. Sólo los anuncios y sin voz. Escapando de lo que ocurría en el exterior de su confortable y seguro saloncito. Con la luz apagada, quedaban sumergidos en un mundo de coches fantásticos, hamburguesas con sonrisas de payaso, cuerpos esculturales, cremas depilatorias, viajes a buen precio y todo lo que el universo de la publicidad les ofrecía. Un mundo mágico, sin atracos, sin dolencias, sin contratiempos.
Las tinieblas del saloncito, era profanadas por los súbitos cambios de imagen que la pantalla de 36 pulgadas les ofrecía. Matías caviló que aquello no debería ser bueno para la vista y tras un intenso debate, decidieron confeccionar unos cucuruchos hechos de cartón y forrarlos de papel de aluminio con los que cubrirse la cabeza. En ellos, la luz de la televisión se reflejaba, destellando en el espejo de la cómoda. La iluminación de la farola de la calle proyectaba sus puntiagudas siluetas sobre la pared, consolidándoles en su unión televisiva, sugestivamente anclados al sofá.
Para los vecinos su actitud era poco menos que extraña, digna de análisis. Alguno incluso, llegó a insinuar entre risas que si Platón viviera, explicaría esta conducta de forma filosófica.
La producción de la perplejidad, el suspense, la inquietud, pistas que conducen hacia el final o la finalidad de lo narrado.
Estoy seguro, Pedro ha terminado con la leche. Siempre lo hacía desde que lo conocí en la unidad de psiquiatría. Lo peor es que lo negaba y acusaba a Isidro. ¡La de broncas que movía la leche! La situación empeoró cuando Isidro salió al piso protegido. Pedro estaba celoso; siempre había creído que era el preferido de la psiquiatra y empezó a hacerme la vida imposible escondiéndome los cepillos de dientes y vaciando mi pasta. Desde que Pedro y yo vinimos a vivir con Isidro he tenido que poner orden muchas veces y estoy muy cansado. Llevo varios días durmiendo mal y la siesta de hoy me ha irritado. No quiero seguir con el pacto y hoy no me pondré el protector. ¡Cómo son las cosas! Tanto que trataron de ridiculizarme por querer sacar la licenciatura de física. Gracias a ello y a mis dotes de mediador hemos pasado de los 78 mientras que el resto de los colegas del pabellón han muerto ya. Claro que también tienen mucho que ver los efectos secundarios de los psicofármacos pero nadie sabe mi secreto. He de confesar que no fue mi ingenio el que lo descubrió, me da vergüenza reconocerlo pero fue el sueño que tuve tras un electroshock. Soñé con un hombre llamado Hartman que aparentaba 50 y tenía 105. Yo me quedaba admirado de su agilidad y él me mostraba un libro. Investigué y descubrí que existen unas líneas energéticas en la tierra que si no se regulan generan enfermedades. Sobre todo con la influencia de otros campos electromagnéticos. Fui hábil en imponer un pacto de paz entre nosotros prometiendo longevidad. Me rio cuando Pedro e Isidro se ponen los protectores porque no saben por qué lo hacen pero sí saben que así están viviendo más. Ellos me provocan para que les revele el secreto pero no consiguen sonsacármelo. Hoy, sin embargo, ha empezado de nuevo el juego de la leche, pues bien, se acabó el juego, hoy rompo el pacto y me entrego a la muerte. ¡Muerto el perro se acabó el conocimiento! Esconderé mi diario entre las telas del ataúd.
Mikel García.


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Un buen día los caminos de Pedro y el mío se cruzaron y desde entonces vivimos juntos en su pequeño piso, un cuarto sin ascensor. Sobrevivo gracias a su caridad, que le gratifico con mi fiel amistad.
Cuando el se marcha a su estresante trabajo de repartidor de paquetería, yo me quedo solo en casa. Me dedico a mirar por la ventana y cuando me aburro, pienso en la suerte que tiene mi hermano al ocuparse de la vigilancia de una fabrica textil. Tiene carácter para eso.
Desde mi atalaya puedo ver la casa con jardín que hay justo delante. Se trata de una bonita morada de madera con tejado rojo. Su inquilino pasa las horas sentado a la puerta disfrutando del sol. Un tipo con suerte, que es agasajado por una viuda rica.
En ocasiones, cuando Pedro vuelve, damos un largo paseo por el barrio y pasamos por delante de la casa con tejado rojo. Mi amigo parece ignorarlo, en cambio a mi me produce congoja ver a su ocupante, con ese aire de suficiencia y de perdonavidas. Creo que sabe que lo observo todos los días.
Hoy ha regresado con el semblante abatido y aunque he intentado reconfortarle, no he evitado que las lágrimas brotaran a sus mejillas. Lo despidieron del trabajo y se sentía desesperado. Por la noche habló por teléfono con sus padres y cuando dejó de hacerlo, me miró con una expresión que nunca olvidaré.
Ahora vivo en un lugar con cerrojos, abarrotado y bullicioso. Pedro se marchó con sus progenitores y yo no entraba en esos planes. En ocasiones recuerdo mi ventana y las cosas que desde allí se veían. De la suerte del inquilino de la casa de madera con tejado rojo, de su precioso jardín, de la viuda rica que lo atendía en exclusiva.
Para mi todo había cambiado. Ironías de la vida pensaba. Aunque quizás se debiera a que el es un Snaucer y yo un simple chucho.
Arrugó la nariz en un gesto inconsciente al escuchar el contestador y pensó que dejar un mensaje le resultaría más fácil.
-Soy yo. Llamaba para decirte que hoy me retrasaré un poco-, dijo con la voz áspera y su alma llena de recelo.
Soltó el móvil en la mesita, junto a la botella de White Label y con la mano derecha agarrándose la garganta se dirigió al cuarto de baño. El día empezaba lleno de incidencias. Mientras buscaba en su heterogéneo botiquín alguna pastilla que le calmase, la temible idea de que el cáncer de laringe le devoraba, le irrumpió una vez más. Examinó las cajas, y ésta vez, se decidió por el Zitroflam 500. Mucho le costó tragar aquella píldora, pero una vez que paso por su maltrecha garganta, se creyó aliviado.
Volvió a la cama para sentarse y darle el tiempo que el medicamento necesitaba para hacer su función. Apoyó su espalda contra la pared, cruzó las piernas y adoptó la postura que tanto le gustaba. Sintiendo la dureza sobre su columna a modo de caparazón y con los ojos cerrados, imaginó que sus células forjaban ensayados movimientos de Taekwondo, Kung Fu y Aikido, en una peculiar lucha contra las enfermedades.
El silbido de la brisa colándose por las rendijas de la ventana y las ahogadas conversaciones de sus vecinos, le hicieron entrar en un sugerente trance. No había pasado mucho tiempo cuando empezó a sentirse mejor. En ese momento, le vino un nauseabundo olor a carne podrida. Abrió los ojos y en el rincón, junto a la televisión, dos trozos mordidos de pizza yacían junto a un embrollo de calcetines sucios. Caviló que, más pronto que tarde, tendría que hacer una limpieza a fondo en aquellos saturados treinta metros cuadrados, en los que se había convertido su mundo.
Esa idea le ayudó a olvidarse de su garganta y decidió vestirse para ir al estudio. Al salir a la calle recordó que tendría que grabar en off dos reportajes para el canal de Intereconomía TV. No le ilusionaba demasiado, pero pensó que todo hombre tiene en el mundo como función el ejercicio de sus habilidades, al margen de cualquier recompensa que pudiera conseguir, de cualquier palabra de ponderación o de ascenso.
En la parada del autobús, un enorme cartel publicitario anunciaba la nueva temporada de la serie Las Tortugas Ninja y eso le hizo sonreír por primera vez esa mañana.
Juan Carlos Núñez
Esta vez consiguió sentarse justo detrás. Desde ahí pudo observarla sin tener que esconder su mirada. El sol de la mañana provocaba en su pelo negro destellos turquesa que la hacían irreal y aún más inaccesible. Su perfume era de jazmín y pensó que su nívea piel no merecía otro olor. Se había instalado en su vida como un placebo transitorio a su soledad controlada. Durante los veinte minutos que duraba el trayecto hasta la parada de la calle Sardenya, donde ella se bajaba, le gustaba suponer su vida, sus anhelos, con que personas se relacionaría y sobre todo que tono de voz tendría.La sesión comenzó con retraso por su culpa.
Pareciera que la maldición de las tortugas Ninja se prolongase a su doblaje y encima, para fastidio de Eduard, tocaba abordar el tartamudeo de Michelangelo, una licencia sin importancia según el director del mismo.
Para Eduard la inocente, imperdonable e injustificable licencia suponía rememorar el trauma de tener que superar precisamente esa dificultad en el habla. Tenía narices que un tartamudo reciclado como él acabase siendo actor de doblaje y que le endosasen papeles de tartajas. Hubiera sido más fácil no aguantar a lo largo de los años las interminables e insufribles sesiones de logopedia y resignarse a las burlas de los compañeros de escuela, la mayoría devenidos camioneros, albañiles y fontaneros con barrigas cerveceras y fútbol de domingo. Ante esa idea, no obstante Eduard no podía sino dejar de sonreírse pues ¿quién iba a contratar a un actor de doblaje tartamudo? El imbécil de su jefe que en cada sesión de las Ninja le obligaba por esa asquerosa licencia a desaprender lo aprendido a lo largo de años de congojas propias y guasa ajena.
Pero a fin de cuentas a él no le había ido tan mal. Disfrutaba metiéndose en la piel de actores imposibles para él por su físico, más su voz resultaba del todo convincente y le gustaba saberse la voz de las fantasías sexuales de muchas de las féminas con las que se cruzaba por la calle cuando por ejemplo iba a por el pan.
No había doblado pelis porno, pero siendo la voz de Clooney…
La mirada nerviosa a su reloj le devolvió unas once y cuarto, oclok. Ni siquiera habían concluido el primer capítulo y tenían previsto doblar cinco en la mañana. Imposible. Y no podía ser.
Esa mañana tenía el pálpito. Y cuando lo visitaba nunca fallaban sus previsiones.
Cinta Monferrer
Lo que había comenzado como un día sombrío, en el transcurso de la mañana se convirtió en una posibilidad de aventura. La llamada de Antonio le hizo dejar a un lado las contrariedades, incluso relegar su dolor de garganta y salir del estudio con un gesto renovado.Iba con la cabeza humillada y pensando en su inminente viaje a Madrid. Cuando las puertas neumáticas del autobús se abrieron coreadas por su característico sonido, el evocador perfume que tan bien tenía guardado en su memoria, irrumpió en el auto como una inesperada primavera que le forzó a alzar la mirada, entonces la pudo ver junto al conductor entregándole una moneda. Sintió celos del empleado que por un momento tocó su mano, cuando ella le recogió el billete. La mujer avanzó despacio por el pasillo hasta llegar a la barra que había a su derecha, dónde apoyó su espalda para mantener el equilibrio y poder aguantar las sacudidas, imperturbable y magnifíca, como una diosa de alabastro.
Ella se dio cuenta de que la acosaba con la mirada y despacio, muy despacio, como queriendo indicarle donde debía dirigir su atención, acercó la mano a su melena que, a esas horas del día, tenía el color de los tejados de pizarra después de llover. Con elegancia la ensortijó detrás de su pequeña oreja e inclinó la cabeza para acabar enviándole una cálida mirada. A Eduard le ahogó el furor. Aún así, aguantó la suya sin denotar temor, como una oveja frente al matarife. Fueron unos segundos mágicos, tan sólo interrumpidos por el timbre de solicitud de parada. Bajó de nuevo la vista antes de dejar su ira en libertad.
-¡Mierda!-, musitó.
También se trataba de su final de trayecto y con pesadumbre abandonó su asiento para salir de aquel lugar prodigioso en que se había convertido el autobús 57, un territorio de encuentro con su misteriosa desconocida.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue buscar un trozo de tela, pintarle una cara y anudarlo para confeccionar un Teru-teru bozu, luego lo colgó del marco de la ventana. Sabía que le proporcionaría suerte y buen tiempo para su inminente marcha.
Se agachó para sacar la bolsa de viaje de debajo de la cama y arrastrados por ella, también salieron tres zapatos, unos calzoncillos y una enorme pelusa grisácea que pronto rodó por la habitación como el esparto en las calles de Silver City.
Miró su reloj para descubrir que no disponía de mucho tiempo y se apresuró a atiborrar la bolsa. Un chándal, una muda, unos pantalones vaqueros que enrollo en un intento baldío de descomponerle las arrugas, un jersey a rayas verdes, utensilios de aseo y la novela de Truman Capote que estaba leyendo.
-Creo que esto es todo-, dijo en voz alta, mientras arrojaba un último vistazo a su alrededor. Decidido cerró la cremallera y cogiendo la bolsa por sus dos asas, abandonó el piso.
Barcelona se desdibujaba tras los cristales del taxi. Eduard seguía pensando en la mujer del autobús. Su cara se le había metido muy adentro. Aquel rostro blanco, casi tan deslumbrante como una capa de yeso fresco a través de la cual fulguraban tonos aún más nacarados. Caviló en lo que le gustaría hacer con ella y no se trataba de nada parecido a lo que jamás había hecho con cualquier otra mujer. Amor no era la palabra que lo enunciase, quizás la que más se aproximase fuera deseo, pero carecía de la magnitud suficiente para encerrar los diferentes sentimientos que ella le inspiraba. Intentando encontrar un término adecuado recordó que los japoneses llaman al enamoramiento Koi suru y decidió bautizarla así. Comprendió que se estaba obsesionando y por un momento sintió que debía demoler aquel rostro, apartarlo para siempre de su mente, pero las emociones que aquella mujer anónima le producía, ganaban a esa hostilidad. Con esa alucinación de dependencia embarcó en el puente aéreo.
CENA EN EL PALACIO REAL.
Eduard comprobó el tablón de las líneas de Metro que había en una de las puertas de salida del aeropuerto. Cargó la mochila a cuestas como si de una casa o un cascarón protector se tratara y se dispuso a sacar el billete en la máquina expendedora que había cerca del cartel informativo. La calderilla que llevaba en el bolsillo era más que suficiente para el trayecto que acababa de memorizar: Línea 8 hasta Mar de Cristal, línea 4 hasta Goya y línea 2 hasta Ópera. Así llegaría hasta la Puerta de El Sol y desde allí a la Plaza de la Armería, conocía la zona, no le quedarían más 500 metros hasta su destino.
No era la primera vez que iba a Madrid y tampoco era la primera vez que veía el Palacio Real, pero aquella ocasión era diferente. Pensó en todos los gerifaltes y superfamosos que acudirían a la cena de gala que daban los Reyes de España a los Emperadores del Japón. Poder ver a los soberanos nipones le permitiría estudiar cómo debía de comportarse cuando fuera al País del Sol Naciente. Lentamente, se acercó hasta una de las calles laterales donde Antonio le prometió que le esperaría. No tuvo que esperar demasiado. De una pequeña puerta lateral salió su colega. Se dieron la mano al mismo tiempo que se enlazaban en un medio abrazo rápido.
- ¡Qué bien te veo, tío! –comentó Antonio.
- Tú has cogido unos kilitos, ¿no? –respondió Eduard mientras daba unos golpecitos en la barriga a su amigo-. Debe ser eso de no hacer demasiado.
Los dos amigos se pusieron a reír. Antonio cogió del cuello a Eduard y lo condujo al interior del Palacio. Un estrecho, pero bien iluminado pasillo daba a una habitación de tamaño medio. Las paredes estaban forradas de taquillas metálicas numeradas delante de las cuales había unos bancos de madera. Antonio sacó del bolsillo un llavero de plástico rectangular con un papel blanco donde impreso había un número.
- La 025 es la tuya –dijo mientras le tendía la diminuta clave-. Ponte el uniforme y vamos a tomar un café antes de empezar con el paripé.
- Tío, no nos meteremos en un lío, ¿verdad? –dudó Eduard.
- ¡Qué va!, no se dan ni cuenta, lo único que tenemos que hacer es dar un poco de brillo y esplendor al asunto.
El doblador de Michelangelo abrió la taquilla y miró dentro.
- ¡Estarás de coña! –dijo Eduard girándose hacia el lugar donde estaba su amigo. Antonio ya se había sacado la camisa. Su cuerpo estaba poco cuidado y el escaso vello de su pecho empezaba a convertirse en una maraña medio blanca, medio gris.
- ¿Qué pasa, no te gusta el uniforme de gala?
- ¡Pareceré un payaso! –exclamó Eduard.
- Es más cómodo de lo que parece, piensa que una de tus tortugas te presta su caparazón y tú pones el cuerpo que hay dentro. Venga, date prisa o no podremos tomarnos el café.
Eduard Sadá cogió la percha del interior de la taquilla y sacó el uniforme que llevaría esa noche en la cena del Palacio Real. Mientras se lo ponía descubrió que no era tan cómodo como Antonio decía. La camisa no le permitía moverse demasiado, le apretaba la sisa y tenía miedo de que explotara si hacía algún movimiento. Los pantalones eran todavía peor, le estaban pequeños de tiro y le apretaban de una manera indescriptible. La chaqueta, milagrosamente, era un poco más ancha, aunque no estaba dispuesto a arriesgarse comprobándolo. Las medias fueron peor, picaban muchísimo, y eso que solamente llegaban hasta la rodilla, al menos hasta que tuvo que intentar ponerse los zapatos.
- Antonio, tío, ¿este colega es un enano o algo así? Esto me aprieta por todas partes y los zapatos ni siquiera me los puedo meter.
- Ah, no pasa nada, toma un calzador, -dijo lanzándole la pequeña herramienta de plástico, al tiempo que añadía-, y no te preocupes no vas a tener que andar.
-Qué cutre eres, tío, ni siquiera es de verdad, es de esos que te dan en las zapaterías para que no te olvides donde has comprado los zapatos.
Tras colocarse a presión los zapatos prestados se puso de pie, colgó la percha en la taquilla, recogió los guantes blancos y el sombrero semicircular, se lo colocó bajo el brazo a modo de carpeta y cerró la puerta. Fue hacia la salida donde ya esperaba Antonio para ir a tomar el café.
Los pasos de Eduard eran cortos, sus movimientos eran lentos, parsimoniosos, los zapatos le estaban pequeños y apenas podía caminar. El dolor le recordó el modo en que vendaban los pies a las niñas en algunos países asiáticos para que no les crecieran demasiado. Por un instante pensó que sus pies se fracturarían como los de aquellas pequeñas desdichadas. Pensó que no podría volver a andar después de aquel día. Pensó que no podría salir nunca más de su casa. Pensó que no podría... Llegaron hasta la máquina de café, estaba colocada en una habitación de paredes lisas y blancas donde había varias mesas de tablero cuadrado grisáceo con cuatro patas de metal negro. Las mesas estaban rodeadas por sillas de plástico con los asientos de color azul intenso y patas de metal de color negro. Yantil agradeció poder sentarse. Antonio sacó dos cafés y los acercó a la mesa. Mientras se sentaba en la silla que estaba situada enfrente de Eduard le dio las últimas instrucciones:
- Escucha tío, cuando salgas de aquí, ponte los guantes y el gorro. Nosotros nos colocaremos en la parte interior de la puerta de entrada, uno a cada lado. No te rías, ni te muevas, piensa que eres la rata esa a la que doblas todo el día...
- Yo soy Michelangelo, no el maestro Spliter –se quejó Eduard-.
- Jajaja.... está bien gran Gennis1 –se rió Antonio.
- En todo caso gran Kage2 –respondió el doblador intentando simular un tono solemne.
- Un gran maestro como tú no tendrá problemas en quedarse quietecito, sin mover ni un músculo.
Eduard y Antonio, finalmente, se colocaron en su puesto, la puerta del Palacio Real, a la espera de que los primeros invitados llegaran a la cena.
El primer pelotón de invitados estaba formado por dos autobuses de personas más o menos conocidas del mundo de la empresa y los negocios, incluso algunos extranjeros. Ellas con trajes largos de diversos colores: desde el negro al blanco, lentejuelas, sedas, rasos, terciopelos,... joyas deslumbrantes, zapatos con tacones de vértigo. El personaje que más llamó la atención de Yantil fue el diseñador de zapatos de la chica de Sexo en Nueva York, Manolo Blahnik. Pasó por delante de Eduard con su elegante esmoquin de botonadura sencilla y fajín de seda. La camisa de seda blanca de puño doble con unos gemelos negros y dorados y pajarita blanca como la del resto de los invitados. El doblador intuyó unos calcetines negros de seda que provocaron un enorme malestar, ya que él solamente podía pensar en el picor de las blancas medias que llevaba puestas. Los pumps3 negros impecablemente lustrados también provocaron en Gerard una extraña sensación al compararlos con sus pequeños zapatos que provocaban una dolorosa sacudida que iba desde sus pies a su cerebro pasando por todo su cuerpo. Intentó distraerse del dolor preguntándose: ¿Cuántas de esas mujeres llevarían Manolos? ¿Qué sentirían los pies de esas mujeres? ¿Les matarían como a él los suyos ¿Los pumps de Blahnik serían de cocodrilo? En un programa de televisión había oído que sus zapatos los hacían con crías de cocodrilo. ¿Y si le da por hacerlos con tortuga?...
Inmerso en sus propios pensamientos vio pasar decenas de personas. El segundo contingente lo formaban los miembros de los gobiernos español y japonés. Tras estos, los Reyes de España (Juan Carlos y Sofía) y los Emperadores de Japón (Akihito y Michiko). Algunas de las invitadas que habían pasado por la puerta que custodiaban Gerard y Antonio llevaban kimonos unas con estampados de camelia, propios del invierno, otras de un único color, pero ninguno era tan espectacular como el que llevaba Michiko. El kimono de la emperatriz era de una seda de color gris metálico, sin bordado. Resultaba extraño ver a la emperatriz del Japón con un kimono liso cuando había temas exclusivos para las prendas de las mujeres de la corte nipona. El obi que ceñía su cintura era mostraba un curioso dibujo floral en naranja, azul, rosa, dorado y un pequeño kanji que simbolizaba la tortuga bordado en una esquina. Sus pendientes de jade en forma de tortuga eran el complemento perfecto que completaba ese aire elegante, discreto, recatado, que emanaba su presencia. Gerard pensó que era curioso que la emperatriz silenciosa usara el símbolo de la tortuga. El protocolo de la corte japonesa era tan estricto que no entendía cómo le habían permitido recuperar un símbolo de longevidad y fortuna de la dinastía Han y superar el mal augurio en que una absurda leyenda había convertido la tortuga en el símbolo de las mujeres adúlteras.
El atuendo se completaba con una especie de hawaianas que usaba con calcetines blancos. Ver ese calzado hizo que Gerard recordara sus pies. Ya no podía soportar el dolor, pero estaba dispuesto a tener paciencia y permanecer de pie hasta el final.
La Emperatriz llevaba el cuerpo ligeramente hacia delante, su posturaacentuada a causa del obi que llevaba a la espalda le hacía parecer una vieja y venerable tortuga. Con paso tranquilo la comitiva se acercó hacia la escalera que les conduciría al salón donde estaba preparado el atril para los discursos y la mesa de la cena.
El doblador de Michelangelo pensó entonces en quitarse los zapatos allí mismo, fuera como fuera, e hizo un pequeño movimiento para descalzarse frotando ligeramente un talón contra el otro. Cuando el séquito desapareció por la escalinata,Antonio dio un paso hacia delante y se dirigió a Eduard dándole un amigable golpe en el hombro:
- ¿Un pito?
- No, un sitio donde quitarme los zapatos. Me van a dejar los pies reducidos como las cabezas de los jíbaros.
- Será peor –le advirtió Antonio-, pero por ahí encontrarás un váter.
La perfecta estatua-portero se movió dando un pequeño paso hacia delante. Estiró despacio los músculos del cuerpo para desentumecerse intentando no rasgar la ropa que llevaba puesta. Con pasitos pequeños se encaminó hacia el lugar que le señalaba su amigo.
Dori Valero
1 Rango ninja inicial.
2 Rango ninja superior.
3 Zapatillas de charol con lazo de seda en el empeine.
Rodeado por mi mano, creyendo en tu simple cuerpo sin cantos, sin rebordes salvajes que me confundan, que me hagan relegar de tu diáfano tacto. Tan sólo la sensación de calor o frío, dependiendo del relleno de tu alma, siempre dispuesta a saciarme. En ocasiones, me gusta oír el tintineo de la cuchara animándote y también los trozos de hielo acariciándote. Se de tus formas alargadas, redondeadas y semejantes.Descripción más fotografía de un vaso porque tal vez el recipiente sea el que nos retrate a nosotros:
Un cilindro rechoncho, chato, lo que mi madre llama un tapo de bassa, transparente y fuerte, un recipiente corriente de duralex. Pero tiene su corazoncito y le gusta ser la estrella de vez en cuando y soñar con esponjosas nubes de algodón en las que guardar sus más variopintos deseos.
Reflexiones crepusculares sobre Castellón.
“Paseaba por Corinto, ensimismado, contemplando con extrañeza un mundo de imágenes silenciosas, fuertemente contrastadas y en relieve acromático, cuando un estentóreo grito «Sí, correrte. Me estás tapando el sol.» focalizó mi atención en una escena del pasado inmediato: Diógenes, el cínico, le había respondido a Alejandro Magno a su pregunta « ¿Hay algo que pueda hacer por ti?». La acrimonia del trato auguraba violencia en espiral sincrónica con el miedo que se arremolinaba en mi alma. No discernía si temía más a la respuesta o a los cambios temporales. El siguiente me rescató del pánico, la brusquedad del salto no me importó, en esa ocasión salí incólume. Vi, de nuevo, a Diógenes, esta vez en la plaza Santa Clara de Castellón portando una gayata en pleno día de mercado. La escena parecía inocua, llena de colorido, bulliciosa, sin embargo yo sentía la misma tensión que en Corinto. Mientras caminaba Diógenes decía: «Busco a un hombre.» «La ciudad está llena de hombres», le respondían con desprecio. A lo que él insistía: «Busco a un hombre de verdad, uno que viva por sí mismo no un indiferenciado miembro del rebaño.»… y, tras varios intentos, y abatido al no encontrar ninguno, se masturbó en el Ágora con la intención de compensar la frustración y de redimirlos. La escena perdió el color al ritmo que crecía la indignación de la gente y mi miedo. No debí soportar la tensión pues me desperté”.
Cada vez que releía el sueño experimentaba la misma desazón. ¿Qué significaba? Hacía años que se fue de Castellón donde, efectivamente, había preguntado reiteradamente "¿Hay alguien aquí?" y como a Narciso, el Eco respondía un ahogado "Aquí... aquí...". Eco, sin voz propia, le martilleaba el alma por la ausencia real del otro y por el parloteo del elenco de sucedáneos: cariátides y atlantes, testigos de lo congelado femenino y masculino, soportando, sin crítica, el peso de la tradición más rancia. Solo el agua del femenino mar Mediterráneo, que frecuentaba en sus playas salvajes por arriba y buceando por abajo, y su pareja habían representado el soporte necesario frente al choque cultural. Los fractales marinos, siguiendo los designios evolutivos, mutaron a anfibios que exploraron la tierra tiñéndola de arte al unísono que a su espíritu que también resultó mutado. Su visión cambió, pudo ver las formas, colores, y ritmos que habían sido instaladas en tierra, y a los sujetos antes poco iluminados o que parecían surgir de las estatuas vivificadas. Pareciera que Dionisos hubiera regado Columbretes con el néctar espirituoso de sus delfines: azul en rojo cadmio, despertando algunos danzantes. Y aunque pocos, no fueron menos que como lo pudieran haber sido en cualquier otro lugar, por eso el sueño se le antojaba excesivo si se refería, objetivamente, a Castellón. Faltaban piezas claves para comprenderlo.
El motivo de releer sus sueños: encontrar un final para su novela, irrumpió de súbito en su conciencia. El editor le había marcado un plazo inexorable para la entrega y se estaba ahogando por inundación de sí-mismo. ¡Qué ironía! Las reflexiones podían esperar, eran tan improductivas como en las anteriores ocasiones, la misma ciénaga en una frontera aún infranqueable.
Mecánicamente dejó el cuaderno de sueños, cogió la taza y sorbió el té rojo mirando el inerte teclado. No percibió su amargura. Una melodía subió de la calle, la ventana le atrajo, la mirada se detuvo en un ejemplar de Tombatossals que yacía solitario en un anaquel, y sintió la excitación de la luz densa en el umbral del misterio. Esa novela presenta un gigante, edulcorado y bonachón al servicio del rey, fundando Castellón. ¡Qué paradoja! ¿Sería la novela de Josep Pascual el fogonazo de la luz de la conciencia que ilumina y estimula? Quizás sí, podía serlo por antítesis ya que la historia mítica del Tombatossals es muy distinta de la novelada. Fue recogida en un códice del Renacimiento “Magnun Innominadarum” que se atribuye a don Joseph Blay (1460-1520) un mago de Vila Real. El libro, que hacía referencia a citas de los romanos, recogía el corpus de una tradición precristiana. Se dice que leer este libro provocaba al lector, intranquilidad y temor por lo que se sugería sobre el pasado de la comarca: El enfrentamiento de Tombatossals con los labradores y el uso de la magia negra por parte de estos. La inquisición tomó cartas en el asunto. El libro fue incluido en 1505 en el índice del Santo Oficio y quemados sus ejemplares. Quería erradicarse la culpa y la memoria de haber asesinado, y de haberlo hecho con artes oscuras, a la estirpe de gigantes. Parece haber documentación sobre tres o cuatro libros sobrevivientes. Uno depositado en el ayuntamiento de Castellón desaparecido en la guerra civil de 1936, de los otros dos la iglesia niega su existencia.
Entonces supo cual era el significado de su sueño. Se refería a la sombra de lo colectivo y su impulso criminal hacia quien cuestiona el rebaño: cualquier Diógenes, quien será asesinado como el gigante o, al menos, degradado desde su esencia crítica-cínica a la de un personaje vilipendiado por vivir en la indigencia, la basura, y/o su locura. Como no es posible impedir que las erinias emprendan su vuelo de venganza persiguiendo a los culpables de crímenes, en la misma perífrasis de llamar euménides a las erinias, el gigante fue rehabilitado y se transformó en fundador. Pocas veces el animal humano destila, alquímicamente, el impacto de la luz en el fluido dulce y viscoso del oro filosofal. Las más, temeroso y abrumado, se sumerge en el piélago abrazándose a las sombras. Los tres gigantes asesinados: Tombatossal, Bufanuvols y Arrancapins, son equivalentes a los hecatónquiros de la mitología griega. Elevar a tótem las fuerzas preolímpicas de la naturaleza, a los primitivos hecatónquiros, tiene un origen psíquico y produce unas consecuencias que se instauran en el inconsciente colectivo que heredan las generaciones: mito fundacional con su elenco de emociones, sentimientos, expectativas, resistencias, cosmovisión…
…y, la experiencia, de la conjunción de opuestos le proporcionó el material para el final de su novela, una vez que la chispa de la lumen nature desveló una porción de la red māyā de su ignorancia.
Mikel Garcia Garcia. Febrero 2009
La irregularidad del trazado de sus calles se reconoce en el irregular alzado de los edificios que, a parte de ser una perfecta ventana al cielo, nos muestras recuerdos de casas bajas y calles anchas donde jugaban los niños cuando apenas había coches, pero, también pequeñas callejuelas ahora peatonales donde todavía se oye el sonido de la historia: Carrer de Sabater, Carrer de Teneries, la judería que hoy conocemos por Calle Alloza,... aunque esto es solamente el corazón de una ciudad que busca en la modernidad, en la renovación, en la apariencia de innovación un rejuvenecimiento que le roba a ella y su gente el derecho de reconocerse, de recordarse, de hacerse mayor, despojándola del sustrato firme donde cimentar su porvenir.
Cuando paseando dejamos atrás el corazón herido de esta vieja-nueva ciudad tropezamos con lo que siempre a definido a Castellón como lo que es un pueblo grande, un lugar de labradores, pescadores,... en definitiva, de trabajadores. Algunos huertos de naranjas se resisten a ser ahogados por la marea de cemento que ha inundado la ciudad las últimas décadas. El penetrante olor a azahar pelea por sobrevivir al hedor de los carburantes de los coches y la sin olor de la artificiosa argamasa con que se mantiene unida la ciudad. Sin olvidar los restos de cultivos de arroz imprescindibles para sustentar a la población cuando no se tenía en cuenta la cantidad de agua que se gastaba sino la cantidad de comida con que se mantenía a la familia. Y, sobre todo, el mar. Castellón mira al mar con la pequeña flota de bajura que a diario sale a faenar y regresa a la lonja con una captura que vender. De niños jugábamos entre las redes y las pequeñas barcas que en dique seco esperaban para ser reparadas a la orilla del amarre, el aroma a sal, el olor a mar casi te mareaba y las piedras del espigón eran el lugar perfecto para juegos de críos que desafiando los peligros buscaban entre los agujeros de las rocas unos tesoros imaginarios que sus abuelos aseguraban habían enterrado hacía años. Todo esto presidido por dos chimeneas que se alzaban hacia el cielo como los brazos de un gigante. Hoy todo es mucho más aséptico, mucho más bonito, mucho más, una enorme plaza azocalada en la que apenas se siente esa brisa con sabor a mar.
Castellón, también posee un cinturón industrial que lo abraza justo antes de llegar a la montañas. Las fábricas de azulejos con sus enormes chimeneas escupiendo humo constantemente crean un paisaje que nos lleva hasta la Inglaterra de finales del XVlll, ennegreciendo el horizonte al tiempo que nos ofrece unos hermosos atardeceres de cielos recorridos por lenguas rojas como el fuego.
Finalmente, Castellón está rodeada de montañas ni muy altas de muy bajas que encierran esta peculiar mezcla de pasado y futuro, de artes tradicionales e industrias modernas, de lo que fue y lo que pretende ser. Montañas pobladas por pinos, encinas y eucaliptos a los pies de los cuales hay lentisco, romero y palma, un lugar que se resiste a desaparecer a pesar del fuego que periódicamente lo asola, un lugar donde el aire es todavía puro y que esos días claros de cielo azul intenso se ve la ciudad y, al fondo, un mar tranquilo, un mar añil que llega hasta el horizonte.
En definitiva, Castellón es como su gente, sencilla y complicada, llena de excentricidades, extravagancias y rarezas, pero al mismo tiempo conservadora, cautelosa y custodia de sus tradiciones, agrícola e industrial, tierra y mar.
Foto1. Dio media vuelta y se adentró en la angustiosa oscuridad de la verdad, ella no vendría.
Foto 2. Mientras miraba a través de las rejas no podía dejar de soñar que era una cigüeña capaz de volar libre.
Foto 3. Todos los corazones rotos hicieron que perdiera la esperanza.
Dori Valero
foto 1 "Luz y sombra"
foto 2 "Soledad"
foto 3 "Un hermoso desnudo"
Corry Kaslander
1) Alma truncada
2) Maternidad encarcelada.
3) Capilares del ojo puestos a secar.José Ramón Martínez García