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Curso 2016/17

viernes, 5 de febrero de 2010

EJERCICIO 16


Un Tardigotchi es un dispositivo que integra un pequeño animalito que se llama Tardígrado.
TARDIGOTCHI.

Es una mascota que combina vida virtual y biológica.
Se puede activar mediante la red social Facebook.
TARDÍGRADO
Oso de agua de medio milímetro de longitud.
Se nutre de musgo.
Vive hasta 100 años de forma continua sin contar con que puede suspender sus funciones vitales durante un tiempo indeterminado.
Su premio son los rayos de sol.
Puede sobrevivir a temperaturas que oscilen entre los -272º C y los 149º y a la inmersión en alcohol puro y éter.
Científicos rusos afirman haber encontrado tardígrados vivos en la cubierta de los cohetes recién llegados de vuelta del espacio exterior.

Una curiosidad (más): A mediados del siglo XX un científico holandés añadió agua a algunos tardígrados secos que estaban sobre la hoja de un helecho que llevaba seca en un museo desde el siglo XVII y, tras 200 años, se despertaron y continuaron su vida normalmente.

Entonces, si son capaces de "resucitar" tras varios siglos o si en todo caso nos sobrevivirán si decidimos adoptarlos como mascotas.
¿Qué hacemos con ellos cuando hayamos de emprender el viaje? ¿Los legamos? ¿Los ocultamos en un baúl a que esperen la llegada de tiempos mejores? ¿Tienen memoria de otra época?
¿Hay alguno en este momento observando lo que escribo?

Más información:
http://www.elpais.com/articulo/portada/mascota/virtual/combina/vida/biologica/digital/elpepisupcib/20091105elpcibpor_11/Tes/

http://www.tardigotchi.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Tardigrada

http://www.ikerjimenez.com/noticias/tardigrados/index.html

Créditos.
Imagen Tardigotchi: http://www.cyberhades.com

Imagen Tardígrado: http://elmundodelabiologa.blogspot.com

El aventurero Simplicius
Verónica Segoviano
Llegó a casa después de un duro día de trabajo. Pasó por el dintel antiácaros. El reactor fotocatálitico limpió de alergenos su indumentaria. Encendió el purificador de partículas aerosoles. Sintió cómo la brisa de iones hidrataba el ambiente e imaginó cómo los patógenos caían al suelo después de coagularse. Se quitó el mono ignífugo confeccionado con materiales reflectantes Nomex y plástico ultrarresistente Kevlar. Encendió las paredes mientras se cambiaba de indumentaria para hacerse idea de las novedades de la galaxia. Era finales de mes y mañana sería su único y merecido día de descanso después de treinta largos días. Entró en el baño y se hizo el lavado de estómago diario. Por fin mañana a dieta. Hacía años que trabajaba como testador de sustancias tóxicas para la AEI (Agencia Estelar de Inmunología). Un buen oficio que consiguió gracias a que se dejó la primera juventud catando sopas de sobre para una multinacional en la zona del Cinturón de Kuiper, concretamente en el twotino 2002 WC19. Luego su carrera profesional había dado un giro copernicano. Un buen contacto y una dosis moderada de suerte le reconvirtieron en pionero en busca de nuevas civilizaciones tecnológicamente avanzadas, siempre a las órdenes de sesudos científicos que enviaban expediciones siguiendo la vieja fórmula de Drake. No carecía de experiencias que contar: los chorros electromagnéticos de los púlsares, el humeante aspecto de los Jupiters calientes, el lejano plutino Makemake, cerca del ecuador galáctico al fondo de la Vía Láctea; Quaoar, un cubewano candidato a planeta enano; Sedna, el objeto de disco disperso casi tan rojo como Marte y cercano a Alfa Centauro; el cometa Halley allá por la nube de Oort, cercano a Proxima Centauro; planetesimales expulsados del sistema solar tras el Intenso Bombardeo Tardío; mesoplanetas de todo pelaje. Había pasado un tiempo indefinible viajando por la galaxia. Un tiempo que se le antojaba muy largo. Y después Caronte, su hogar actual, el transneptuniano satélite de Plutón. Una buena oportunidad para reposar de tanto periplo en un planeta enano. Simplicius Plot había sido aventurero, pero hacía mucho que no tenía frigorífico.
No era ni joven ni viejo y no le quedaba familia. El suyo no era un caso extraño. Algunos humanos habían sido escogidos como individuos obreros, en tanto que otros ejercían de reponedores de la raza y unos pocos más de controladores de procesos terrícolas. Podía considerarse que él era un empleado especializado, pero el oficio de testador había ido deteriorado su metabolismo y se hallaba a la espera de un transplante de un nuevo sistema excretor simple, algo basado en las glándulas de Malpigio.
Tenía todo el día libre para dedicarse a su hobby. En su tiempo libre Simplicius Plot era pastor. Mantenía su rebaño de tardigotchis en la cúpula-jardín trasera de su casa. Formaba parte de la herencia de sus progenitores. Testaron a su favor poco antes de negarse ser testigos del Gran Cambio y donar sus cuerpos a la tierra. Sus padres habían sido los guardeses de una residencia de estos híbridos de tardígrado y tamagotchi abandonados por sus dueños, bien por fallecimiento, por haber sido enviados a un lejano destino de inciertas condiciones o bien por simple maldad. De las setecientas cincuenta especies de tardígrados clasificados en los inicios del siglo XXI, Simplicius Plot contaba con 749. Cuando recibió su legado sólo eran 638. Con abnegada paciencia había ido localizando ejemplares que iban completando el resto de la rama tardígrada. No fue tarea sencilla. Muchos yacían esparcidos a su suerte. Rescató algunos de un viejo depósito de escoria interestelar. Estaban secos, en un estado de animación suspendida, la criptobiosis, en el que su metabolismo se hacía indetectable, pero gracias a su genotipo ahorrador revivieron al contacto con el agua. Tuvo que adoptar a todos y cada uno de ellos, tras un proceso que consistía en convencer a los Vigilantes Sociales de su idoneidad como pastor, la fuente y cuantía de sus ingresos y las condiciones bioclimáticas del iglú cristalino que habitaba.
Simplicius Plot sabía que no dependían por completo de él, puesto que contaban con un ponderostato que les permitía suspender su estado vital en espera de mejores condiciones, pero también era consciente de que influía en cómo se desarrollaba su existencia. Un rudimentario ingenio activaba su fuente de alimentación que inyectaba fotosintatos de plantas, bacterias, algas, criptógamas, rotíferos, nemátodos de los que los tardígrados sorbían sus células. El tamagotchi responsable de su vida virtual, un avatar de conmovedora simplicidad, hacía posible la comunicación que encendía los haces de luz necesarios para su mantenimiento activo.
Prestó atención a las noticias. Un documental sobre Paleontología estuvo a punto de detener sus constantes vitales. Corría un rumor en la galaxia que bioestratígrafos y tafónomos estaban a punto de revelar el hallazgo de una forma de vida que no le resultaba indiferente: el Thermozodium esakii. Un tardígrado que antes del Gran Cambio vivía en la Tierra en un manantial de agua caliente cerca de Nagasaki. El último taxón de su colección. A falta de confirmación oficial ahora podría encontrarse en la estrella binaria del Sol, una enana marrón de difícil acceso por las perturbaciones que provocaba en la Nube de Oort llamada Némesis. Su aparato bucofaríngeo permitiría la identificación, aunque al parecer las autoridades no tenían el menor interés en realizarla.
Un melodioso sonido le sacó de su ensoñación. Una videollamada reclamaba su atención. La aceptó sin remedio, era algo oficial y con las autoridades uno tenía muy claro que no se jugaba. Una agradable reproducción de humana le anunció que su solicitud de trasplante había sido aceptada y que debía trasladarse al centro biomédico de Plutón de inmediato. Había tenido suerte. El trasplante era un alivio que eliminaría las molestias que venía padeciendo y una merecida renovación para su organismo. A los individuos de procedencia humana, no solían concederles esta prolongación de la existencia. Habían quedado obsoletos y se les dejaba extinguir de forma natural. Simplicius Plot desconectó en cuanto la sonrisa de la pseudohumana se esfumó de las paredes. Su estado de ánimo se convirtió en una perturbación variable. Pensar en el complicado desplazamiento a tan lejano paraje estelar por un microcruasán de ocho patas le venía a trasmano. En el espacio exterior, lejos de las cúpulas de seguridad de cada planeta conquistado, la temperatura estaba próxima al cero absoluto. Era un ambiente de vacío sin oxígeno y había un nivel de radiación estelar enorme. Su cuerpo debería someterse de nuevo a un proceso de adaptación para soportar más de 600.000 roetgens. Su nuevo aparato excretor no aguantaría estas condiciones. Simplicius Plot sintió que todo le quedaba lejos.
Se dirigió a la cápsula de ozono que hacía las veces de cama. Su descanso no fue idóneo. Durante la noche su implante intersticial de memoria le envió flashes nebulosos. La perturbación nocturna le remitía a un muñeco de peluche que sus padres llevaban pegado con ventosas al cristal del coche durante su infancia. Reparó en el misterioso parecido con un tardígrado. Su descanso no fue del todo provechoso, pero pensó que tenía un tiempo por delante para recuperarlo. Colocó lo imprescindible en la mochila hermética. Estaba listo para emprender su viaje a Plutón, un viaje corto.
En la estación de lanzamiento, esperaba pacientemente el embarque. Su número de teletransporte se anunciaba en la pantalla con retraso. Nadie se molestaba por ello, había situaciones que eran inmunes al paso de las centurias. Para distraerse, observaba el movimiento de paso lento, el baile peculiar, irrepetible y único que se producía en la semiesfera que contenía uno de sus tardígrados. Excepto para ir al trabajo, le gustaba llevar uno en el bolsillo cuando salía de casa. Unos pies mal calzados cortaron el placer de la observación. Un individuo con la vestimenta sucia y medio rasgada permanecía plantado delante del antaño aventurero. Cruzaron una larga mirada. Era un hombre. No emitió sonido, sólo extendió la mano. Permaneció sin moverse y con la mirada fija en el tardigotchi. Una patrulla de vigilancia se percató de la situación y se llevó al hombre pidiendo disculpas por si había causado algún inconveniente. Mientras se alejaba, el hombre continuaba llevando la mano extendida. Allí se quedó Simplicius Plot, atónito, sin reaccionar. Supo que la continuidad de la integridad estructural con potencialidad de actividad metabólica de aquel humano sería suspendida unos pocos instantes. Su vida llegaría a su fin en un oscuro centro de reciclaje.
Simplicius Plot acarició el único representante de su familia que en ese momento le acompañaba. El tardigotchi danzó en un movimiento cercano a la bipedestación. De los profundos sustratos de su conciencia humana emanó una idea. Si conseguía reunir un sistema familiar completo, la obra emprendida por sus creadores tendría un sentido. Se levantó y pasó por debajo del cartel que indicaba la plataforma que viajaba a Némesis. Aunque la verdad fuera sólo un rumor, comprendió que el último tardigotchi estaba esperándole. En Caronte no hay viento, pero casi pudo sentir que una brisa fresca acariciaba sus cerúleas mejillas.
EL DESPERTAR DE GOTCHI
 Elena Torrejoncillo

          Por fin hoy, después de más de dos siglos y medio hibernando, ha despertado el tardigotchi que perteneció a mi tatarabuela. Y ha sido un día de especial alegría  puesto que se trataba de un momento largamente deseado por varias generaciones de mi familia, la cual, a pesar del largo letargo del bichito en cuestión, nunca habían dejado de ofrecerle su pequeño rayo de sol diario con la esperanza de que, algún día, decidiese volver a la vida activa.

           Un tardigotchi, como casi todo el mundo sabe, pues ahora su presencia es habitual entre nosotros,  es una mascota que combina la vida virtual con la biológica. Se trata de un dispositivo en el cual va integrado un pequeño animalito llamado tardígrado (oso de agua) de medio milímetro de longitud. Puede vivir más de cien años de forma continuada o más si interrumpe su actividad. Para sobrevivir sólo necesita un poco de musgo, algo de sol y mucho amor por parte de su propietario.

Pero en tiempos de mi antepasada –a comienzos del siglo XXI- era un ser prácticamente desconocido y –desde luego- un “bicho raro”. A ella se lo regaló su padre al regreso de un viaje de negocios por no sé que exótico país. Se trataba de un persona de mente muy abierta y avanzada para su época, además de tremendamente divertido, según me ha explicado “Gotchi” (ese era su nombre). Se lo entregó con el convencimiento de que su cuidado y compañía serían muy beneficiosos para aquella niña sensible e introvertida que era su hija, como efectivamente sucedió. Las ventajas de “Gotchi” frente a otro tipo de mascotas eran evidentes. La principal es que no se corría el riesgo de que muriese al poco tiempo, como había ocurrido con el canario que le había regalado el año anterior y que había dejado a la niña sumida en el más profundo desconsuelo. También podía acompañarla de forma discreta, dado su tamaño, a todas partes, lo cual, teniendo en cuenta la gran complicidad que pronto surgió entre ambos fue decisivo en sus vidas.

            Cuando ha despertado en mis manos, después de su habitual -y hasta hoy infructuoso- baño de sol, ha sido como si me conociera de toda la vida. He podido percibir su cariño y ha comenzado a comunicarse conmigo sin mayor dificultad, como si reanudara una conversación largo tiempo interrumpida. Pero sólo lo hace conmigo. Cuando están presentes otras personas, o incluso Roslive (mi robot personal), él disimula y vuelve a hacerse el dormido como si no quisiera que le abrumaran con preguntas absurdas.

            Poco a poco me ha ido relatando su peripecia personal. Como acompañó fielmente a mi tatarabuela durante casi toda su vida. Solamente dejó de hacerlo durante un periodo en que sintió que su compañía ya no era necesaria. Fue cuando ella se casó y nació su primer hijo, que llegó a creer que ya no había lugar a su lado. Entonces, dolido y tal vez celoso, suspendió sus funciones durante una temporada. A pesar de eso, ella continuó prodigándole sus cuidados y demostrando su amor, hasta que él recapacitó, reconoció su error y  volvió a su lado ya para siempre. A la muerte de su propietaria, él decidió cerrar también los ojos en espera de un lejano e hipotético reencuentro, a pesar


de que mi tatarabuela había encomendado su cuidado a su hijo y descendientes como su bien más preciado. Ellos así lo hicieron pero él no despertaba. Sobrevivió a múltiples  mudanzas, fue pasando de generación en generación, como un tesoro familiar y, ni un solo día, a pesar de su aparente falta de vida, dejaron de suministrarle su alimento y correspondiente baño de sol. Me reconoció que nunca se sintió falto de amor, pero el problema es que siempre se legaba por vía paterna y él ansiaba reencontrase con una niña de rubios cabellos y dulce mirada que le recordase a su primera amiga. Por esa razón despertó conmigo. Según decía era un calco de aquella persona que había conocido casi tres siglos antes.

Se ha mostrado muy sorprendido con nuestras costumbres tan diferentes a las que él conoció. No entendía, por ejemplo, que Roslive desempeñara la mayor parte de las funciones que, en su época desempeñaban los padres o unas personas llamadas “maestros”. Yo creo que se sentía un poco celoso porque mi robot personal estaba junto a mí desde que había nacido y, gracias a su perfecta inteligencia artificial, me conocía como nadie y podía responder a cualquiera de mis necesidades. Traté de explicarle que cada niño tenía asignado su robot perfectamente programado para educarle en la forma más adecuada según su personalidad. Tenía la ventaja de que suponía una formación permanente. Una vez a la semana, niños y robots acudíamos a la “Junta de Supervisores” donde, una vez valorada nuestra evolución y progresos se iba adaptando y reajustando la programación educativa, totalmente personalizada.

 ¿Y los padres? Me ha preguntado sorprendido ¿No intervienen en nada? He tratado de explicarle que no era necesario pues así ellos –descargados de esa obligación- podían dedicarse enteramente a sus trabajos o misiones especiales, generalmente en el espacio exterior, que podían demorarse durante meses, como en el caso de mis padres. Me parece que no lo ha entendido. Hay que reconocer que, el pobre, está un poco desfasado.

        Él me ha hablado, a su vez, con nostalgia de un lugar al que acudía escondido en el bolsillo de amita, llamado colegio, donde los maestros o maestras trataban de educar y transmitir sus conocimientos a los alumnos. Estos conocimientos se hallaban recopilados en unos raros objetos llamados libros. Le he dicho que los conozco pues los pude ver una vez que visité el Museo. Ha reído divertido y me ha contado que, entonces, se guardaban en las casas y en unos lugares llamados “bibliotecas”, donde estaban a disposición de cualquiera que los quisiera, pues la gente disfrutaba mucho con su lectura.  Me ha dicho que, cada niño, poseía varios libros y debía cargar cada día con ellos para ir de casa al colegio para estudiar. Los transportaban en una mochila que cargaban a sus espaldas. En cada clase había muchos niños juntos y, a media mañana, compartían juegos en un lugar llamado patio donde corrían, saltaban, reían y gritaban mucho. Era el momento en que más le complacía observarlos pues parecían felices. Más tarde marchaban a sus casas donde les aguardaban sus padres para compartir sus actividades con ellos, no como nosotros que nos pasábamos el día rodeados de máquinas que lo resuelven todo, pero sin apenas contacto humano. Para él, aquella había sido la etapa más feliz de su vida.

         Yo escuchaba con simpatía aquellos ingenuos recuerdos suyos de una época tan arcaica y alejada de nuestra realidad, pero que me parecía un tanto mágica.


         Debo reconocer que, en algún momento, hasta sentí un pellizco de nostalgia por no haber podido conocer aquella vida pues, lo cierto es que hay momentos en que me llego a sentir muy sola, a pesar de los esfuerzos de Roslive por atender todas mis exigencias. Con sólo introducir el código apropiado, es capaz de ofrecerme cuanto necesito con perfecta precisión, pero cada vez con más frecuencia siento que esto no es suficiente.

Mi “Gotchi” no está dotado de inteligencia artificial, ni siquiera sé si de algún tipo de inteligencia; tampoco está dotado de conocimientos, pero desde luego, espero que a través de sus experiencias y a lo largo de toda mi existencia, me acompañe y enseñé a ver la vida de otra manera.  Y, tal vez, ¿quién sabe si al cabo de muchos años, cuando yo cierre los ojos, él decidirá cerrarlos también conmigo?. Ignoro por cuanto tiempo.
       
GOTCHITO
Maribel D'Amato


Mi querido Gotchito lleva aquí mas de diez años, lo trajo mi padre un día que estaba en la cama con anginas. El era así , detallista, rumboso e imaginativo. Yo me parezco mucho a él, es más, creo que lo imito en todo. Por eso te acogí en mi vida con tanto cariño. Te he cuidado, dado de comer, procurado que no te pusieses enfermo, te llevo a todas partes, te presento a mis amistades vienes conmigo de veraneo, a esquiar y a todos mis viajes. Yo te hablo y tú me escuchas, nunca me contestas, pero me escuchas y eso es algo que no hace mucha gente en los tiempos que corren. Todos tenemos mucha prisa, muchas cosas que hacer y muchas otras de las que preocuparnos, pero - date cuenta Gotchito- todas atañen directamente a nuestro ego.
Tú, sin embargo, también te preocupaste por mí. Tú fuiste mi Pepito Grillo en mis días de estudio porque me animabas a ello y fue así como mis boletines se llenaron de Notables y Sobresalientes. Me alentaste a apuntarme al equipo de atletismo que tantas y tantas medallas me dió ( te las dediqué todas, a ti y a mi padre). Me aconsejaste que no riñera con Mar, esa amiga mía de toda la vida que un día me gastó una jugarreta sucia y ahora me alegro porque dentro de dos meses seré su cuñada.Tú me indicaste que Manu no era el novio que yo necesitaba, que a él le gustaban todas y yo era una de ellas y estuve unos días enfadada contigo, pero no por eso deje de cuidarte. Te lo agradezco Gotchito, Manu no fue mas que un soplo de semana y media. Luego fue Cuco, el escultor, y Pepe, el electricista y Santiago, el eterno estudiante de Medicina. Y tú, siempre al acecho, siempre pensando cual de todos era el mejor. Sólo que, pasados unos días me hacías cambiar de opinión . Y yo me enfadaba, pero te seguía mimando. Y así fue como poco a poco terminé mi carrera de Psicología. Tú me aconsejaste que la hiciese porque me iba "como anillo al dedo". También me animaste a enviar el currículum a ATNC Gabinete de Sicología aplicada. Y aquí estoy. Han pasado dos años y soy la ejecutiva del departamento laboral. Gano una pasta y todo gracias a ti.
Tú me acompañaste en los momentos más duros, en aquellos en los que un desgraciado accidente se llevó a mis padres. Tu estabas ahí y yo te cuidaba y te mimaba como lo he hecho siempre. Y un día, me miraste y me hiciste ver que tu sola compañía no era suficiente. Que yo necesitaba a alguien a mi lado que fuese como yo, un humano. Y, en un principio me revelé contra él. Pero , también como siempre, te hice caso y , como si tu me lo hubieses puesto en el camino, llegó Carlos.
Y tú me echaste en sus brazos. Carlos era perfecto para mí. Serio, cariñoso, trabajador, detallista, arquitecto de renombre y hermano de mi amiga Mar, en el que, por cierto, nunca me había fijado.
Y sí, ahora a sólo tres meses de casarme como tú me indicaste, o sea, por la iglesia, con un bonito traje blanco ( que elegimos entre los dos , con trescientos cincuenta invitados a los que daríamos de cenar en un carísimo restaurante que tú me recomendaste. Ahora Carlos me pide una sola cosa, me pide que me deshaga de ti. Que te lleve al fondo de mi caja de recuerdos y sólo te vea de vez en cuando.
Y tú me incitaste a hacerlo, me rogaste que te introdujese en mi caja junto a un pañuelo impregnado con la colonia de mi padre, junto a ese colgante de mi madre que yo le regalé un día de su cumpleaños, junto a las fotos de Manu,de Cuco, de Pepe y de Santiago, junto a una foto borrosa de Mar y mía tomándonos un helado en el paseo marítimo de Benicasim. Pero, por una vez en mi vida, no te hice caso.Por una vez en mi vida elegí yo. Y mi elección fue clara y rotunda. Cogí una foto de Carlos y la introduje en la caja.Y a ti, mi querido Gotchito, te pegue cuatro gritos y te recomendé que dejaras de darme buenos consejos. Durante unos meses ni me miraste. Estabas realmente enfadado, pero yo no dejé de cuidarte ni de mimarte. Ahora ya me hablas, pero no me aconsejas. No hubiese soportado tenerte que guardar en una caja. A ti no, porque tú viniste de la mano de mi padre y eso significaba mucho para mí
ETERNIDAD
Isabel Ubé
Tal vez, si pudiéramos asomarnos al futuro lejano, nuestro Planeta no estaría dominado por monos –como en la novela y luego película “El Planeta de los Simios”, de Pierre Boulle- sino por unos bichitos llamados tardígrados. Estos animalitos, que se han puesto de moda por ser parte integral del tardigotchi, pueden vivir más de cien años en condiciones normales; en casos extremos de frío o calor, paralizan sus funciones biológicas y reviven con un rayito de sol.
Si dispusiéramos de la tecnología necesaria para fabricar una máquina del tiempo con agujero de gusano practicable, podríamos darnos el gustazo de saber qué tipo de vida será la que fundamentamos en este presente.
Me deleito imaginando que, tal vez, dentro de unos diez o veinte mil millones de años, cuando nuestra maltrecha Tierra esté completamente helada, congelada hasta el más mínimo recodo, un niño procedente de una lejana Galaxia o de cualquier otro Universo, que esté de excursión con el colegio o de paseo con sus padres, regocijándose viendo el paisaje blanco y frío, encuentre por azar un tardígrado, minúsculo osito de agua de medio milímetro, congelado dentro de su tardigotchi. Al niño le llamará la atención el pequeño artefacto y se lo llevará con él. El osito, al entrar en calor, recuperará sus funciones vitales y hará las delicias del niño. Y eso será todo lo que quede de nosotros.


LA DECISIÓN DE TARDI
Rosario Raro
Los tardígrados tenemos más memoria que vida, al contrario de lo que les ocurre a otras especies que se les acaba antes la primera que la segunda cuando pierden lo vivido porque se sumergen en un baño de amnesia en el que todo se impregna del mismo tono abisal y difuso.
Mi protegida y yo llevamos 38 años juntos. Me enternece verla pintarse las uñas de los pies en la terraza. Sobre ellas se dibuja estrellas, cuadros de Miró y se pega miniaturas de papel aluminio.
A veces se despierta agitada y escribe sobre Sintra, Uruguay y un cocodrilo que se metamorfosea. También pasa muchas horas ante la pantalla del ordenador pero no tiene Facebook. Y sí, en cambio, una caja con catorce pastillas de chocolate envueltas en hojas de colores con poemas escritos. Se la trajo un rey mago o los amigos invisibles.
Biológicamente es un milagro químico: una confluencia entre dos células, nada más. Evolutivamente inferior porque no cuenta con mi función stand by o suspensión reversible de signos vitales. Dejo flotar la respiración y los latidos cardíacos hasta que se vuelven imperceptibles primero y desparecen después. La última vez “estuve fuera” tres siglos hasta que un científico holandés mojó mi guarida sobre una hoja de helecho y las gotas rompieron el techo de celofán de mi sueño.
Cuando digo que he visto mucho mundo, me refiero a que conozco varios planetas: sobrevolé el mar de la tranquilidad y los cráteres rojos y apagados de otra órbita.
Ahora mi vida junto a ella es exquisita. Habito un Belén perenne instalado en su buhardilla. Casas de corcho, maniquíes antiguos en miniatura. Sobre los prados, el musgo tiene la textura exacta del terciopelo.
Todo se lo debo a la circunstancia de convertirme en la herencia de su abuela a quien ella amaba por encima de todas las cosas. Me trajo aquí desde el Tibidabo, el confetti de la verbena de Gracia, Miramar y la ventana de Eulalia, el alféizar donde atracaban los papelitos sobre el mar de cuerda del tendedero.
Son muy parecidas. Considera que carece de ambición porque ya lo tiene todo: vivimos en la falda del cerro de la Estrella, bajo su castillo y frente al de Ámara. Se reconforta con el fotograma del valle ante los ojos. Tristemente sepia este verano cuando los incendios, otras veces sólo se intuye entre la bruma en blanco y negro, gótico, espectral y por tanto de moda pero casi siempre relumbra en cuatricromía.
No sé si está en el ecuador de su vida o morirá mañana. Por si acaso disfrutamos cada partícula de tiempo como si cada noche fuera la última y cada mañana la primera.
Inevitablemente algún día me encontraré ante la decisión más difícil: tener que quedarme con uno de sus tres hijos.


Mar Olmedo
ROGRADO
No sé cuánto tiempo llevas ya conmigo, siempre me hiciste tanta compañía, recuerdo que papa te trajo a casa cuando yo tenía ocho años, fue un regalo asombroso. Te llamé Rogrado en cuanto te vi por primera vez, te acuerdas, te colocaste en mí hombro y así permaneciste horas con la boca abierta, esperando tu comida, sólo un poco de musgo, que de vez en cuando tragabas.
No creí que te cogería tanto cariño, pero es que estaba tan sola, ahora ya a mis ciento dos años y con algunos achaques importantes, se me plantea un gran dilema, moriré pronto y no sé con quien dejarte, mis dos nietos se pelean para estar contigo, al ser tan bulliciosos y tú tan tranquilo y lento, me preocupa si resistieras esa vorágine de vida.
Yo sé que tu eres feliz con poca cosa, por las mañanas cuando te dejo en el lavabo con dos dedos de agua, te veo chapotear en tu mundo acuático y sé que no necesitas mucho más.
No sé que será de ti y me preocupa dejarte.
Ellos se olvidaran de ponerte un ratito al sol, todos los días, para que estires tus ocho patas y hagas tu siestecita.
Ya sé que quieres venir conmigo,que has decidido que cuando yo me vaya, quedarte en mí hombro, suspender tus funciones y con el tiempo ya decidirás que hacer.
Si eso es lo que quieres, ven, descansa, iremos juntos en este viaje.
Quizás en un futuro salgas de la tierra y encuentres otro hombro mejor donde arrimarte.


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