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Curso 2016/17

domingo, 1 de noviembre de 2009

DRACO Y NILAI


Adela Torres Esplá

Ella le llamaba Draco, así, de forma cariñosa y familiar. Llevaban juntos algunos años, justo desde que ella llegó a la isla, desde su pequeña aldea, Timisoara. Se conocieron y el impacto fue instantáneo. Ella supo que era él y él cayo rendido ante su belleza, su frescura…y su decisión.

Nilai era una mujer segura que sabía lo que quería, y cuando tuvo que decidirse, no mostró ni el mínimo titubeo, ni una pequeña vacilación. Por eso Draco, allí entre tantos otros, se sintió elegido como el dueño de su piel, y de aquel pequeño universo.

Hasta entonces se había considerado uno más, ignorado entre tantos otros, sin despertar especiales simpatías, pero Draco era mediterraneidad pura y se sentía de aquella isla más que todos sus compañeros. Sabía que no estaba en el lugar perfecto hasta que Nilai le llevó consigo.

Nilai trabajaba duro para mandar aquel escaso sueldo a los suyos, mientras Draco cuidaba y vigilaba todos sus movimientos, sus esfuerzos, sus arrugas y , adivinaba, porque no podía ser de otro modo, el resto de su cuerpo. Cuando Nilai caminaba, se sentía el propietario de aquel andar, dulce e incluso sinuoso y se deleitaba con las hermosas vistas de su espalda, de su cuello o de lugares más secretos. Imaginaba su pecho y su vientre y soñaba con poder llegar allí algún día, hermoso y lejano. Tal vez, imposible. Lamentaba no poder escapar de aquella nuca que tanto le obsesionaba y de la que nunca podría salir. Sin embargo, era feliz.

Pero todo cambió cuando Nilai decidió volver a aquella calleja donde se miraron por primera vez. Un día cualquiera, sin ni siquiera preguntarle, entró de nuevo en aquel oscuro local y decidió cambiar su tatuaje. Como aquella primera vez, Nilai hojeó aquellas odiosas páginas donde se aglutinaban, grecas, caracteres chinos, juramentos de amor y letras góticas con alguna que otra frase célebre. Y de nuevo, pero, como aquella primera vez, Nilai tuvo meridianamente clara su decisión. Este -dijo sin titubear- y salió de allí con una cicatriz que fulminaba aquel pequeño dragón tatuado en su nuca desde hacía tres años. Se grabó en su pecho, cerca del añorado pezón, una maldita y socorrida frase: ”Siempre tuya, Vladimir”.

Y Draco, que ni siquiera podía llorar, se situó entre una rosa deshojada y un corazón atravesado por la terrible flecha del desengaño.

05-11-09

1 comentario:

pedro dijo...

Está muy bien. Me has engañado del todo, imaginaba un final bastante diferente con lo de "Imaginaba su pecho y su vientre y soñaba con poder llegar allí algún día, hermoso y lejano". Un puntazo. Enhorabuena!