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Curso 2016/17

miércoles, 28 de octubre de 2009

DIVINO SICARIO




Verónica Segoviano


El aviso estaba en el tablón de anuncios de la recepción del edificio. Mostafa, el vecino del tercero conminaba a todos los residentes a organizar una fiesta de Halloween. El viejo se ofrecía a ponerse al frente de toda la operación y animaba a apuntarse en una lista. Observó con disgusto que ya se había inscrito la mitad de la parroquia.
Odilón venía de recoger un paquete de correos. Su hermana le enviaba una caja y un sobre. Vivía en un convento desde que era adolescente. Era la única comunicación que se le permitía en todo el año, así celebraba el Día de Difuntos. Se quitó la ropa de trabajo y se duchó. En la carta Águeda le contaba la campaña que el Obispado promovía para contrarrestar la fiesta pagana de Halloween. Se distribuía entre los feligreses, las escuelas y parroquias vía e-mail y la denominaban Halloween blanco. Consistía en organizar catequesis con los niños para hacerles ver la importancia de honrar a los Santos como modelos de la fe. Los asistentes invitaban también a sus amiguitos con el objetivo de atenuar el impacto de rechazo social por no participar de la misma forma que el resto. Se les informaba de manera sencilla, pero firme, lo negativo que hay en Halloween y el modo en que se festeja, ya que los hijos Dios son buenos y no se identifican ni con brujas ni con monstruos. Se les recomendaba disfrazarse de ángeles, santos y princesas; preparar bolsas con dulces (de la línea “Hadas y magos”, asociada a la bondad, la sabiduría y la valentía), regalos o tarjetas con mensajes (dibujos, poesías, oraciones, flores, estampitas o algo hecho en la clase de Religión); pasar por las casas que exhiben una cinta blanca (al resto no se les molesta) y ofrecer estos presentes, explicando que la Iglesia Católica celebra una fiesta muy importante en la que se recuerda a los Santos. Para evitar extraviarse, ser atropellados, ser violados, drogados o envenenados con caramelos, los niños siempre debían ir acompañados de un adulto o joven responsable que les sirva de modelo y protección. Poco más tenía su hermana que contarle, pero era suficiente. Se sintió orgulloso, ya quedaban pocos sitios como España.
Permaneció un buen rato pensativo, tal vez una hora. Cabiló sobre el triste retorno al antiguo paganismo, sin atisbo de sentido religioso. Halloween era la celebración de la maldad, la noche en la que los poderes satánicos, la brujería, el ocultismo estaban al más alto nivel. Odilón creía en el valor absoluto de los seres humanos y en la vida eterna a través del amor de Cristo, no en cuentos de reencarnaciones ni en la separación del cuerpo y el alma. Estaba dispuesto a hacer prevalecer el mensaje de amor, caridad, paz y esperanza que nos legó Nuestro Señor Jesucristo frente a la cultura y el pingüe negocio del terror de los países anglosajones y su imparable ascenso de popularidad.
Se sentó a la mesa frente a una hoja en blanco. Le costó unos diez minutos redactar la convocatoria para una reunión el Día de Difuntos. La llamó “Holly wins” (la santidad gana), una alternativa para atestiguar su esperanza y su fe en la Resurrección. Bajó al portal y colgó el papel junto a la lista para la fiesta de Halloween. Volvió a su apartamento, se despachó un buen desayuno y se acostó.
Dos días después, mientras esperaba el ascensor, algo le llamó la atención. Se acercó al tablón de anuncios. En su lista no aparecía ningún nombre, pero alguien había dibujado una calabaza parlante. Tenía una sonrisa malévola y decía: “Odilón, eres un mierda y un santurrón”. Estaba firmado por Samhain, El Seños de los Muertos. La lista para la fiesta de la competencia seguía aumentando. Descolgó la hoja de un zarpazo y se lanzó escaleras arriba. Habían arrojado huevos contra la puerta de su casa. Estaba tan sofocado que tuvo que meter la cabeza en el lavabo. Se miró en el espejo. Tenía la camisa empapada y pequeñas venitas rojas tamizaban el blanco de sus ojos. La nariz le quemaba.
Mostafa Mahmoud Zayed le abrió la puerta en chándal. Era negro y naranja. Su silueta se recortó a la luz de las velas. Le hizo pasar. Hablaba un inglés muy correcto, mejor que el suyo. Se preguntó cuánto tiempo llevaría en el país. No pudo distinguir bien la estancia, pero se barruntaban paredes forradas de libros y salpicadas de extraños objetos. No parecían jarrones. El viejo le ofreció sumarse al té que estaba tomando. La figurilla de un fauno bailaba sonriente en el fondo de una taza a medio apurar. Declinó la invitación. Al sentarse tuvo que apartar un viejo libro de piel. Su propietario se lo quitó de las manos, pero de reojo pudo atrapar el título: La Bíblia Satánica de un tal Anton LaVey. Cerró los ojos hasta que la voz le trajo de vuelta. No, no era una visita de cortesía. Le pidió explicaciones por el incidente del dibujo y la puerta. “¿Trato o truco?” le contestó Mostafa entre carcajadas. Disculpó a los previsibles infractores y le animó a apuntarse a su lista. No, tampoco tenía hijos. En desagravio el hombre, le ofreció un Halloween Kit: disfraz, dulces e instrucciones para la fiesta por 30 dólares. Odilón metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza. Los cristianos lo sabían todo sobre la rabia contenida. Ese era también su estado permanente.
Cuatro días después volvía de su trabajo cuando se encontró con el recinto acordonado. Recogía basura. Por las noches. El cadáver de Mostafa yacía inerte sobre una silla en el balcón de su apartamento a la vista de los residentes en el complejo. Había sangre por todas partes. La policía interrogaba a varios vecinos. La mujer del primer piso declaraba que sólo lo conocía de vista, pero que era muy agradable y vestía muy bien. Como no le dejaban pasar, esperó pacientemente junto a la fuente. Un matrimonio que vivía en el segundo afirmaba que había sido profesor de Teología y que, aunque estaba retirado, era un hombre muy activo; sin ir más lejos, estaba organizando una fiesta de Halloween en la comunidad. La anciana que ocupaba el piso contiguo creyó haber oído una estampida sorda el domingo, justo un rato después de que un corte de luz, debido a una fuerte tormenta de viento y lluvia, dejase a oscuras a todo el barrio. Cuando le llegó su turno el policía le preguntó cómo era posible que nadie se hubiese dado cuenta de lo que ocurría. Se encogió de hombros. Contestó que no parecía real, sino un muñeco de Halloween. Lo único que escuchó era el molesto sonido de las focas saltando al muelle de Marina del Rey. Se dirigió al portal e intentó subir al ascensor. Estaba ocupado. Decidió subir por las escaleras. Había una inscripción en cada puerta. Un agente se afanaba en anotarlas todas. Al pasar junto a él le enseñó la libreta.
Lc 6,31
Mt. 7,17
Mt. 6,13
1 Pe. 3, 8-12
St. 4,7
1 Pe 5,8
Ef. 6,11
Jn. 8,12

Le preguntó si tenía alguna idea sobre su significado. Odilón le respondió “¿truco o trato?”
El día uno de noviembre, Día de Todos los Santos, celebró su particular festejo de la unión del mundo de los vivos y el reino de los muertos. A primera hora se acercó al cementerio y arreglo la tumba de sus padres. Oró casi una hora, sabiendo que sus plegarias intercedían por sus almas. De vuelta a casa, como nadie le esperaba para hablar de sus difuntos, pensó que era el momento de abrir el paquete de Águeda. Huesos de santo directos desde la cocina del convento. Deliciosos. Siguiendo las recomendaciones del Obispado, sintió que debía compartirlo. Salió a la escalera. Llamó a las puertas de sus vecinos ofreciendo los dulces y postulando por las ánimas del Purgatorio. Ni comieron ni aflojaron sus bolsillos. Esperando el ascensor en la recepción se percató que aún colgaba en el tablón la lista de la fiesta de Halloween. Con grandes letras rojas agregó un nombre: el Convidado de Piedra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Está muy bieen, me ha gustado mucho.

Paola

Sylvia dijo...

¡¡qué gusto volver a leerte!!

sylvia