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Curso 2016/17

miércoles, 21 de octubre de 2009

De ratones y hembras



Verónica Segoviano

Acababa de asistir a la presentación de la exposición “Colección Casa de Alba” en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Estaba cansada. Se sentó en el escritorio y se pertrechó de un fino papel de cartas con el preciado escudo de armas de su Casa. Un cuadro había desempolvado viejos recuerdos. Sus dedos artrósicos empuñaron con dificultad una magnífica pluma. Temió por el papel. Hacía mucho tiempo que temblaban.

"Querido Miguelito:
Soy Tana, Tanuca, la niña con la que compartiste vivienda en Sevilla. Espero que todavía te acuerdes de mí. Aunque han pasado muchos años, no he podido resistir el impulso de ponerme en contacto contigo. La vida nos distanció pronto. A mí debido a la pesada responsabilidad que entrañaba mi rango, a ti por tu meteórica carrera artística. Frente al cuadro de Ignacio, mientras escuchaba las felicitaciones y parloteos de los asistentes, no pude sustraerme al pensamiento de que fue nuestro debut artístico. A veces la historia se confabula de forma inesperada. Quién iba a sospechar que el cuadro de una niña y un ratón llegara a considerarse una avanzadilla del Arte Pop. A Zuloaga le llueven las alabanzas por su atrevimiento. Se lo merece el pobre. La verdad es que le dimos tan malos ratos que cumplió su promesa de no volver a pintar a un niño.
Te fuiste de repente, sin decir esta boca es mía. No te lo tomes como un reproche. El resentimiento no empaña mis palabras. Comprendo que no podías pertenecer a un solo niño, que te debías a todos, pero reconoce que no fueron maneras, siendo como eras mi preferido y con lo bien que se vivía en mi casa. Yo estaba aún muy tierna y lloré a raudales. A Tommy lo perdí muy pronto. Se le fue la cabeza y era muy difícil comunicarse con él. Un día me dijo: “Tanuca, háblame en castellano antiguo que no te entiendo”. Al principio pensé que se había vuelto un poco folk. Supe que no duraría mucho cuando una mañana me soltó: “Saludos le sean dados a su merced”. Entonces no se sabía que los ponis podían sufrir alzheimer. En cuanto a Fitz, James y Stuart desaparecieron poco a poco en sucesivos los traslados de un Palacio a otro, a resultas de la muerte de mi madre a manos de la tisis. Del cuadro sólo quedamos tú y yo, Miguelito.
He seguido con interés tu fulgurante ascenso como icono infantil a la cabeza de la pléyade de dibujos animados. Viendo cómo proliferan los parques temáticos hoy en día, profeso una profunda admiración por tu trabajo. No es fácil superarse con tanta competencia. Mis nietos han estado en Orlando y París y creo que piensan visitar también el parque de Los Ángeles. Yo no me hice nunca el ánimo, no me gusta el gentío. Asistí perpleja a tu transformación de ratón, todo hay que decirlo, un poco ratíquico al buen mocetón en que te convertiste. Supe también de tus amoríos y de tu casamiento con Minnie. Te confieso que tuve mis dudas acerca de ella. No me parecía que estuviese a tu altura. Lo del lazo, excesivo a todas luces, y tanto topo en los vestidos me resultaban un poco chabacanos. Te lo digo abusando de tu confianza y con cariño desde luego. Aunque pensándolo bien, tal vez en eso consista ser pop. De Walt, tu padre putativo, no paro de tener noticias. Que si está crionizado, que si está colgado boca abajo, que si sólo está la cabeza, que si fue miembro de los extropianistas, que si todo fue un bulo y fue incinerado... Si es verdad que está congelado, no debe llegarle la camisa al cuerpo con lo mal que pinta el asunto del cambio climático. Lo mismo se despierta y le da un pasmo con lo de la Pixar. Él, que siempre creyó en las cosas puras. No sería tu padre, pero al menos te dejó toda su fortuna. También supe con pena que tu hermano Oswald se echó a perder porque no pudo superar vivir a tu sombra.
Como sé que estás muy ocupado, te cuento algunas de mis andanzas, aunque es posible que a tu mujer le guste la prensa rosa y te tenga informado. Me casé con Pedro Luis, que no paró hasta que conseguí darle una hembra, razón por la cual ahora tengo seis hijos. Enviudé y volví a casarme. Esta vez con un muchacho algo más joven, hecho que motivó una buena dosis de polémica. O tal vez fuera porque mi Jesús había sido sacerdote jesuita. Muy a mi pesar, siempre he dado que hablar. Y más ahora que estoy mayor y que no salgo de un achaque y ya estoy con el siguiente.
Lo más molesto de todo es la persecución mediática. Tengo que soportar puyas y chanzas de todo tipo. Hace poco leí que, después de casi ocho siglos, un tal Torrente me había arrebatado el título de extraterrestre cutre. Me acusan de haber instruido a Juan Pablo II en el oscuro arte de hablar sin que te entiendan y de vivir en una gruta alimentándome de insectos y musgo. ¡Bastardos! Me llaman fea, jurásica y esperpéntica y dicen que mi cara parece una masa de pan Bimbo. Porque ahora no se puede, que si no hubiera ejecutado con mis manos a esos plebeyos. Y todo porque una partida de botox caducado me causó una reacción alérgica. El colmo del paroxismo informativo son los chistes que abundan sobre mi persona. Juzga por ti mismo.
“¿Qué dice la Duquesa de Alba cuando se quita el sujetador?
¡Qué frío está el suelo!”
Pero esta gente no merece que escamoche mis fuerzas y mi tiempo. Les puede la envidia, el deporte nacional patrio. Para otra habría sido un sinvivir. Pero yo tengo un lema: una persona puede creer en las piedras mientras no me las arroje a mí. Con los años he evolucionado hacia una especie de existencia entre hippie y "laissez faire, laissez passer". Al fin y al cabo, me lo puedo permitir, soy la más Grande entre las Grandes de España.
Hace años ya que perdí a mi segundo esposo. Los hijos no paran de darme tormentos. Están todos divorciados, excepto Fernando que ni siquiera se ha casado. No hace mucho he formalizado relaciones con un chico de muy buen ver, Alfonso, funcionario de provecta familia. Por desgracia el excesivo celo de mi progenie ha roto la ilusión de una tercera boda. Sin embargo no estoy dispuesta a renunciar a él. Excuso decirte los ríos de tinta… Todas estas circunstancias me han llevado a refugiarme en mis mascotas, mis “niños”. Tengo dos galápagos, Pepe Hillo y Eloísa. Como no han tenido descendencia, les he procurado a Mimosa, una preciosa galapaguito tan sevillana como yo. Pasan el invierno en el zaquizamí, pero en cuanto rompe el limonero en mi apartamentito de la Casa de las Dueñas, salen al aire andaluz como unas castañuelas. Luego está Pepa, mi cacatúa de moño blanco, la que dicen las lenguas viperinas que se parece a mí. Tengo también un loro que habla y varios jilgueros. El loro es un caso, tiene reminiscencias del poni. En cuanto se huele una cámara, perjura contra esas máquinas del averno y les lanza su mal agüero guiñando un ojo, mientras huye al grito de ¡Válgame Dios, infieles, advenedizos profanan mi humilde morada! Yo creo que son estas viejas paredes que guardan psicofonías de otras épocas. Mi madre solía contarme de una sirvienta que se dirigía a ella en estos términos: “Véome en la circunstancia de demandarle a vuestra merced el estipendio para alargarme a la lonja sin otro fin que proveerme de las viandas precisas para el yantar”. En fin, viejas cuentos de familia. Pero, sin duda, el rey de mis casas es Flasito, un precioso perrito que me acompaña desde que faltan Leidi y Yasmin. Ya le he dicho al peluquero que le cambie el peinado, porque eso azuza a los plumillas. Dicen que es una versión andante mía en un intento de clonarme. El pobre ha estado bien malito, debido a una picadura de mosquito tigre y se ha quedado sin parte del pelo. Tenías que haberlo visto una Navidad posando vestido de Papá Noel en el Palacio de Liria.
Hasta aquí los acontecimientos destacables. Extenderme más sería sustraer materia a futuras comunicaciones. Me permito enviarte un pequeño regalo para que lo compartas con tus allegados. No me queda más que desearte todos los parabienes que sin duda mereces y pedirte que no olvides a esta antigua amiga de la infancia.

María del Rosario Cayetana Alfonsa Victoria Eugenia Francisca Fitz-James Stuart y de Silva.
Grande de España. Duquesa de Alba de Tormes, de Berwick, de Arjona, de Híjar, de Liria y Jérica, Condesa-Duquesa de Olivares, Marquesa del Carpio, Condesa de Aranda, de Lemos, Condesa de Lerín y Condestablesa de Navarra y de Eibar, Condesa de Miranda del Castañar, de Monterrey, de Osorno, de Palma del Río; Marquesa de Algaba, de Almenara, de Barcarrota, de Castañeda, de Coria, de Eliche, de Mirallo, de la Mota, de Moya, de Orani, de Osera, de San Leonardo, de Sarriá, de Tarazona, de Valdunquillo, de Villanueva del Fresno y de Villanueva del Río; Condesa de Villalba, de San Esteban de Gormaz, de Santa Cruz de la Sierra, de Andrade, de Ayala, de Casarrubios del Monte, de Fuentes de Valdepero, de Fuentidueña, de Galve, de Gelves, de Guimerá y de Ribadeo; Vizcondesa de la Calzada; Señora de Moguer y Mayordoma Mayor de Honor de Santa María de los Ángeles de Granada.

P. d.: Este último título es el que más me complace. Es el único vocacional.”

Plegó no sin esfuerzo las hojas. En un pomposo sobre, garabateó el destinatario.

Mr. Mickey Mouse
Peromyscus leucopus, género Mus, orden de los Roedores, familia de los Crecitidae

Disney World (Orlando, FL)
P.O. Box 10070
Lake Buena Vista, FL 32830
U. S. A.

Cerró el sobre y tocó la campanilla. Le dio el sobre a la doncella indicando que lo entregaran junto a una selección de quesos franceses y un buen vino de California. Había sido un día agotador. En cuanto se quedó a solas, se descalzó y se quedó plácidamente dormida.

1 comentario:

Sylvia dijo...

me ha encantado, es fantástico