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Curso 2016/17

domingo, 25 de octubre de 2009

Halloween


Elena Torrejoncillo

Aquel fue un amanecer impaciente e indeciso entre dos colores contrapuestos. Finalmente, como si quisiera sumarse al ambiente de misterio conveniente para la celebración que se avecinaba, el día amaneció brumoso y de un intenso gris plomizo.

Los vecinos de la lujosa urbanización Redfields – así llamada por el precioso color rojizo que adquirían sus árboles cuando llegaba el otoño-, se afanaron en terminar pronto sus respectivas tareas, con objeto de poder dedicarse cuanto antes a la preparación de las fiestas con las cuales celebraban el Halloween.

A decir verdad, tenían a gala esmerarse en la celebración por todo lo alto de cualquier evento que se preciase. A menudo, competían entre ellos para ver quien era el más ocurrente, el más original o magnánimo. En Navidad poseían el abeto más alto, el mayor número de luces de colores, y casi tantos Papa Noel como residentes. Consecuencia de ello era que la urbanización resultaba de una decoración tan espectacular que, incluso los vecinos de complejos residenciales adyacentes, se acercaban con admiración para contemplar aquel espectáculo.

En Halloween, las fachadas –e incluso interiores- de las casas, se engalanaban con gran profusión de grotescas calabazas, brujas, esqueletos y cuantos elementos terroríficos pudiese idear cada cual. Pero aquella mañana, los Smith se habían adelantado a todos, con una puesta en escena espectacular.

Se trataba de un cadáver, sentado en una silla frente a la ventana, que casi parecía real. Incluso, para dar más realismo, habían simulado un balazo en pleno ojo. Sin duda, debían haber estado trabajando toda la noche para preparar semejante muñeco, pues en ningún comercio especializado, nadie había visto nada que se le pudiera comparar. Había que reconocer que los Smith habían puesto el listón muy alto aquel año…

Para acentuar el misterio, durante los cuatro días que duraron las celebraciones del Halloween, los Smith no se dejaron ver por la urbanización. Ni siquiera el día de la cena de gala en el local social, donde todas las mujeres iban disfrazadas de brujas y los hombres de esqueletos. Aunque tampoco les extrañó demasiado su ausencia, pues hacía poco tiempo que residían allí y no se relacionaban demasiado con sus convecinos. Ahora, eso sí, el muñeco de trapo permanecía en la ventana, como testimonio de su particular modo de participar en la fiesta, siendo el elemento más comentado y admirado por todos.

Cuando finalmente, tras unos días, apareció la policía por allí para el levantamiento del cadáver y esclarecimiento del crimen, los vecinos de la idílica Redfields, tras el estupor inicial, pensaron -en su mayoría- que, verdaderamente, para el próximo año, les habían puesto el listón muy alto.

1 comentario:

Silvia dijo...

Los Smiths o los normales de quienes se prejuzga sin adivinar nunca la verdad.
Me ha gustado.